martes, 27 de diciembre de 2016

Declaración

RELATO URBANO



Subía por la 68, y llegando a la 15, escuché una voz suave que me llamaba. 
Volteé a mirar, y era un muchacho de máximo 20 años, morenito, con carita y modos delicados. Se acercó a preguntarme por la ubicación del Hospital de Chapinero. Iba a visitar a un tío enfermo, dijo. 
Yo solo lo miraba; su sola presencia me había erotizado; su cercanía. 
Le pregunté su edad... 18, dijo apresuradamente.
Se adelantó un par de pasos y pude ver sus nalguitas bien formaditas, con unas piernas que se veían lindas bajo el bluyin. Caminaba con delicadeza, un mariquita linda.
Sin pensarlo, pues ya Se había apoderado de mí el espíritu de Afrodita, lo tomé suavemente del hombro y lo detuve.
To lo miraba, sin saber qué decir.
 Me comentó que debía ir con su tío, pero no podría llevarle nada; estaba sin dinero.
Eso no es importante, dije.  
Suavemente, lo abracé y le dije que si no tenía prisa buscaríamos algo de camino a la clínica, para que quedara bien.
Quería acompañarle y él lo entendió; Claro, dijo.
Ya en la pieza pude apreciar en todo su esplendor su belleza. Desnudos, pude admirarlo, acariciar su piel y sus nalgas, recibir una felación hecha con ganas, con deseo infinito, casi amor.

Un beso negro de mi parte era el anuncio del acto final de penetración.
Sentado en el borde dela cama, lo atraje hacia mí, y mientras lo besaba apasionadamente, él se sentó abrazándome con sus piernas: pude sentir el exquisito placer del ingreso suave de mi miembro en un ano estrechito, delicado, el ano de hombrecito gay, placer divino, ambrosía celeste.
Nos despedimos y yo le dí sus 50 para su regalo a su tío.
No supe su nombre, ni él el mío, no hizo falta: sólo fueron 70 minutos de lujuria y deseo desatados, entre un hombre ya en su atardecer, rendido ante la tentación, y un adolescente angelical.